• Juan Márquez

Diálogos del agua en el Suroeste



Me despierto con el sonido del río San Antonio, que baja cargado de agua por la lluvia de anoche, y el canto de las aves, que me recuerdan el privilegio de levantarme en el campo. Salgo al balcón a escuchar ese concierto y me encuentro un amanecer de un cielo azul suave, con tonos rosado claro y magenta.





Abajo, veo el río Cartama, dirigiéndose hacia el Cauca serpenteando detrás de los Farallones de la Pintada, que sobresalen iluminados por unos rayos de sol casi celestiales. Y, a lo largo del recorrido de estos ríos, una bruma que los cubre y acompaña atravesando el horizonte todo el cañón del Cauca. Este es el amanecer con el que me recibe Támesis, una subregión rica en naturaleza y agua en el Suroeste de Antioquia.


Mientras avanza la mañana, la bruma va ascendiendo como un gran río volador, empujada por los vientos y recorriendo toda la cuenca del Cartama, desde los casi 500 metros sobre el nivel del mar, en Tierra Caliente. A ese río se va sumando la transpiración de agua que todavía emana desde esas tierras bajas, que no hace mucho tiempo fueron bosques abundantes, y, a pesar de que ahora están transformadas en potreros y cultivos monocromáticos, todavía tienen enormes árboles abuelos, aislados en el paisaje, que nos recuerdan la grandeza de esos bosques y nos motivan a pensar en la exuberancia que puede volver a tener —y que debemos regenerar— este cañón del Cauca.





Empiezo a oler el río volador que se ha venido enfriando por la geografía empinada de la cuenca del Cartama. Ya subió hasta los 1.600 metros sobre el nivel del mar, a la altura de mi balcón, desde donde también veo las palmas, la torre de la iglesia que sobresale en la plaza del pueblo y el cerro de Cristo Rey, en la Tierra Fría de Támesis, a 2.150 metros sobre el nivel del mar.


Las aves que cantaban en la madrugada se empiezan a perchar en sus ramas para recibir la bruma. Cantan felices, mientras se dan su baño de costumbre, como buenos antioqueños, un ritual que heredamos de nuestros ancestros indígenas, que también habitan en nosotros. La emoción de estas aves, como la mía, es clara: estamos contentos recibiendo estas gotas frescas de agua que nos cubren totalmente, con una mezcla de aire cálido y frío. Ya ni las aves ni yo vemos el cañón del Cauca, ni las palmas, ni la torre de la iglesia, ni la peña del Cristo. Apenas nos vemos los unos a los otros a unos pocos metros de distancia.





Con la llegada de esta bruma ellas redoblan sus cantos, que se vuelven más melódicos, más alegres, como si estuvieran agradeciendo este proceso que mantiene la humedad y que a su vez se nutre de las aguas que escurren por los ríos que caen hasta el Cauca, a través de un diálogo permanente que hace posible esta riqueza de naturaleza. Y así como ellas, nosotros también deberíamos agradecer, porque este es un proceso vital para las dinámicas y el desarrollo de las partes alta, media y baja del Suroeste de Antioquia.


Cantan los mirlos (Turdus grayi), turpiales montañeros (Icterus chrysater), azulejos (Thraupis episcopus), toches (Ramphocelus dimidiatus), pechirrojos (Pyrocephalus rubinus), y salen los colibríes colirrufos (Amazilia tzacatl). Uno de los cantos protagonistas de este concierto es el del Mayo (Turdus ignobilis), un ave que, a diferencia de las demás concertistas, no cuenta con plumas coloridas, pero compensa esa falta de color con uno de los cantos más hermosos, que nos regala en las épocas cercanas al mes que le da su nombre.





Me tomo un café, un fruto de una planta ajena a nuestro territorio pero que los paisas hemos adoptado como propia, y salgo a encontrarme con mi amigo Sebastián, un regenerador en movimiento en el Suroeste, un orgulloso tamesino —como una parte de mi corazón, donde también guardo amor por Titiribí y otros pueblos de Antioquia, por el pueblo de Barú y por Providencia—, y a quien me une el amor por este territorio, las buenas conversaciones, las caminatas, la naturaleza y sus charcos.

Salimos a meternos al charco de la Orqueta, arriba en el río San Antonio, que baja limpio hasta que llega a la primera casa en la entrada al casco urbano de Támesis. En el camino a la Orqueta nos acompañan cantos de Cacique Candela (Hypopyrrhus pyrohypogaster) un ave endémica de Colombia, amenazada, pero que es común encontrar en estas tierras, y carriquíes (Cyanocorax yncas). Casi llegando al charco veo una oropéndola con su cría (Psarocolius decumanus), con una cola amarilla vistosa que apenas pude ver porque el bosque se hace espeso en la orilla del río, a medida que nos alejamos del pueblo y nos metemos adentro en la montaña.





Llegamos al charco y el río volador había pasado, estaba en la parte alta, en Tierra Fría, bordeando toda la cuchilla. Miro hacia arriba, a las Peñas, y me siento maravillado con la cobertura de bosque de la parte alta de Támesis que recoge y regula toda esta agua. Un bosque que se ha conservado, no porque lo valoramos, sino porque el terreno no ha permitido “civilizar” esas tierras escarpadas.


Pienso en toda esta riqueza, de la que somos una parte inseparable, y mirando al filo del cerro, a las Peñas, rico en verdes, con aves y mariposas, siento esa misma felicidad que sintieron las aves agradeciendo al agua en su baño de la mañana; en esta ocasión, porque entiendo que este charco de la Orqueta en el que nos vamos a bañar, además de estar cargado del agua de la lluvia de anoche, está nutrido de ese diálogo permanente con el río volador que sentí y olí esta mañana, y que vino desde la parte baja del río Cauca, y hasta del mar.




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